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jueves, 4 de abril de 2013

La vida es relación

La ciencia ha demostrado que somos una parte de la vida de este planeta. Compartimos el ADN con el resto de seres y hemos evolucionado de ancestros comunes. También compartimos las reglas básicas a la que están sujetos todos los seres vivos, ya se trate de plantas o animales: supervivencia, muerte y reciclaje.
La biosfera es un solo organismo con infinidad de partes, que se desarrolla en todos los frentes y formas posibles. Nuestra conciencia esta integrada en su conciencia; nuestro cuerpo, en el suyo. Nuestra sabiduría parte de la suya, nuestra energía también.
La vida existe como un todo (que nos incluye), organizado por sus propios fines, y no es necesario buscar esta unidad en alguna dimensión desconocida. Solo hay que abrir los ojos y bajarse del pedestal del prejuicio antropocéntrico para darse cuenta de que todas sus innumerables partes están conectadas y destinadas a relacionarse. Cuando no se da esta conexión la vida va perdiendo sentido porque vivir es relacionarse, y eso significa sintonizar con todo lo vivo en sus propios términos, con lo inerte en los suyos, y con lo humano lo mismo. Tan equivocado es relacionarse con las plantas como si fuera objetos como darle tratamiento de seres humanos.
Las investigaciones cuánticas han concluido que el universo, y por supuesto los seres vivos, no estamos formados por materia, sino que todo es energía. Bajo la apariencia de materia sólida, solo hay átomos que son como vórtices que vibran de forma constante irradiando energía. Cada átomo posee una vibración característica, luego las moléculas y cada estructura material en el universo irradian una energía única y peculiar.
Los seres vivos tienen además un funcionamiento eléctrico. Un trasiego e intercambio constante de electrones con un patrón vibratorio característico para cada actividad, cada emoción, cada situación...
Esas frecuencias codificadas que todos los seres vivos emitimos tienen un gran valor para la supervivencia y todo lo que signifique relación, pues con toda seguridad pueden ser detectadas e interpretadas por otros seres vivos.
Una buena relación entre seres vivos requiere sintonía. Algo así como sincronización de frecuencias. Las plantas viven en una escala temporal diferente, con un tiempo muy lento y pausado, por lo que el contacto con ellas va moderando la peligrosa aceleración excesiva que la vida moderna nos exige. Tienen un esquema vital mas primitivo y una frecuencia muy básica y simple. No es humana y por su propia limitación esta limpia de codicia, resentimiento y frustraciones... Es una pulsación vital positiva. No pueden evitarlo. Podríamos compararlo con un estado meditativo perpetuo.
Por nuestra parte, en la medida en que podemos dejar colgados en la puerta de nuestro huerto-jardín los problemas que arrastramos, vamos siendo capaces de conectar con esa frecuencia. Esto genera en nosotros un sentimiento empático, que nos hace sensibles a ñas necesidades de las plantas.
Cuando entramos verdaderamente en relación con ellas, nos transmiten su paz, y despiertan sentimientos de alegría, lucidez y vitalidad.